viernes, 12 de diciembre de 2008

el tiempo cambia y los brigadistas también

Cada vez son menos los jóvenes que se toman en serio este trabajo para apoyar a un candidato. Anteriormente, participar era voluntario, pero hoy, es sólo para ganar unos pesos y ayudar a sus familias en un contexto de plena crisis mundial. Se debe mayoritariamente al poco interés de este grupo etario en la política. En consecuencia, los postulantes para la alcaldía de las diferentes comunas tienen una tarea más difícil que años anteriores: incentivar a la juventud.

En la comuna de Santiago, en todas las esquinas, se pueden ver carteles gigantes, “palomas” o rallados de muros de los diferentes candidatos para la alcaldía: Jaime Ravinet (DC), Pablo Zalaquet (UDI), Ricardo Israel (Independiente) y Manuel Hernández (PC). Queda una semana y todos los ánimos están en un rojo intenso, con mucho movimiento y actividades. Pero hay un grupo de gente en la calle que es más notable por su energía y efusividad: los llamados brigadistas.

Siempre se les ve caminando, con una polera del candidato, entregando flyers o cuidando los carteles para que no sean rayados o destruidos. En las noches, suelen dormir con la única protección de una “paloma”. Hace dos semanas, dos brigadistas murieron electrocutados por colgar un cartel en un alumbrado público. Es mucha la inseguridad de este trabajo para las pocas ganancias que tienen: entre dos mil y cuatro mil pesos el día.

Generaciones anteriores de brigadistas

Antes, había muchos jóvenes metidos en la política con ideologías claras. Iban en masas a un comando de un candidato que compartía sus ideas o que representaba un partido simpatizante para alistarse como brigadistas. Todos llegaban y no pedían nada a cambio, solo defender al postulante; “Antes era por amor al arte, a la ideología, iban a apoyar a su acalde al costo que sea” cuenta Nicolás Palacios, perteneciente a la Juventud Demócrata Cristiana (JDC). Los letreros se colocaban, por ejemplo, en postes, esquinas, plazas, árboles y hasta los cables del alumbrado público no se salvaban. No había regulación, por parte de los municipios o carabineros, sobre la poca visibilidad que había para los automóviles y peatones que transitaban por el lugar.

Los brigadistas de los bandos contrarios se odiaban. Rayaban sus letreros, se insultaban y de repente, hasta se agarraban a combos. Todos defendían su candidato, creían que él era el correcto para mandar su comuna y no otro. Y a toda costa, querían lograrlo.

Los tiempos han cambiado

En las elecciones municipales de este año, han cambiado bastante. Ahora no ves letreros en todas partes que obstaculizan la visibilidad en las calles. Sólo se puede observar palomas y unos letreros gigantes puesto en los edificios. Después que sucedió el accidente donde hubo dos brigadistas fallecidos, nadie quiere poner publicidad en los postes de luz, por seguridad. Ahora los municipios están poniendo mano dura y se encargan de fiscalizar que ningún letrero obstruya la visibilidad en la vía pública. “Este año no he visto tanta propaganda. Es que antes era excesivo, hasta los cables de la luz estaban colgados estos letreros”, comenta una vecina del Parque Forestal.

Ahora son menos los chicos que hacen este trabajo como voluntario. La mayoría de ellos exigen una cantidad mínima que se les tiene que pagar. Por ejemplo, los que rayan los muros, ellos se organizan en grupos de cinco y le dicen al candidato que por tres murallas pintadas le tienen que pagar dos mil pesos a cada uno. Cada miembro de este grupo de brigadistas tienen una tarea asignada: el primero escribe el nombre del candidato, el otro rellena con colores las letras, otros dos se encargan del fondo y el último maneja el vehículo que los transporta. Esto se ha convertido algo como más profesional y como tal, no se preocupan de apoyar al candidato.

También esto se debe al poco interés de los jóvenes en la política. Cerca del 20% de ellos no está inscrito en los servicios electorales y por ende, no pueden votar. Este desgano es el resultado de la poca transparencia de los sectores políticos en Chile. Que la mayoría promete algo y después no lo cumple. También, el número de casos de corrupción que se ha dado este último tiempo los desmotiva. Ninguno de ellos pone las manos al fuego por los partidos, quieren personas que cumplan las propuestas que prometen. Es hora que los candidatos prometan con bases sólidas, ya que con los votos de los jóvenes, tienen un gran porcentaje para poder ganar las Elecciones Municipales 2008.

La tranquila vida del artista

Virginia Cordero estudió artes en la Universidad de Chile, es de Viña del Mar y hace 20 años llegó a Santiago para alojarse en una pensión universitaria ubicada a pasos del parque Forestal. Su vida está ligada a este barrio, le gusta sus colores y su vida bohemia. Es una mujer de sacrificios y de personalidad tranquila, encaja en el perfil del sector.

Durante los fines de semana, muchas personas acuden al parque Forestal para tomar un poco de sol, comprar algodones o pasear con sus hijos en la zona verde que se extiende de plaza Italia hasta un poco antes del mercado central. Todo esto se ve durante el día, pero cuando cae la noche es distinta. Hay una amplia variedad de pubs, bares y restoranes abren sus puertas para que todo el público que quiera bailar, cantar o tomarse algún licor pueda hacerlo dentro de sus recintos vistosos.

Virginia Cordero conoce el barrio hace 20 años, fue cuando llegó desde Viña a Santiago para poder estudiar Artes en la Universidad de Chile. Encontró alojo en una pensión que ofrecía Carabineros, debido a que era hija de un general llamado Oscar Cordero. Está pensión quedaba a pasos del Forestal y le favorecía mucho, debido a que la facultad de Artes de la U. de Chile está, justamente, en el centro del parque.

Todos los días se levantaba temprano, tomaba desayuno junto con sus compañeros de la pensión, conversaba un poco y luego se iba a la casa de estudio. Durante las noches, era habitual que ella saliera con sus amigos a la gran variedad de pubs que hay en estos alrededores. De hecho, había un bar justo al lado del lugar donde vivían. Virginia cuenta que “era muy tranquilo este lugar, ya que por las noches nosotros nos dábamos una vuelta por el parque y no nos pasaba nada. Pero ahora los tiempos han cambiado”.


Flash back

Virginia nació en 1968 en la ciudad de Viña del Mar, en la V región de Chile. Su padre, Oscar Cordero, pertenecía a Carabineros. Lucía Morales, la madre, era dueña de casa.
Virginia siempre recuerda de su infancia las muchas veces que viajó al Archipiélago de Juan Fernández. La única forma de llegar a esas islas era ir al aeródromo de Tobalaba y contratar un pequeño avión, ya que en aquel lugar es tan pequeño que no hay aeropuertos.
El avión despegaba desde el aeródromo y en unas horas llegaba a las islas. Ahí, hay mucha vegetación, casi no se veía la interversión humana en el sector. La gente se dedicaba a la pesca, pasaban todo el día en las frías aguas del Pacifico recolectando pescados y regresaban al atardecer.

Durante las noches, ellos se acostaban temprano porque no había luz eléctrica y no tenían nada que hacer con toda esa oscuridad. A pesar de ello, Virginia prendía unas velas e invitaba a sus amigos de la isla a jugar y contar las millones de historias que tiene el lugar.

Lo que más la sorprendía era la cultura del lugar. Las mujeres tejían los vestidos y ropajes de sus familias y también se dedicaban a tallar. Hacían lindos utensilios para comer o vestir como aros y anillos.


Virginia en la actualidad

Ya han pasado 20 años desde que ella llegó a Santiago y todavía vive en este barrio. Luego de estar en la pensión, se cambió a la calle Purisima. El sitio donde vive es de una arquitectura de antaño, en un edificio de tres pisos con grandes muros. En la fachada se ve una reja y, en la muralla, hay un panel donde se ven los números de los departamentos. Pero no hay citófono, sólo una perilla para llamar a la casa. Se escucha el sonido de unas llaves y Virginia baja apurada. Ahora es una mujer de 42 años, que se ve como si tuviera 50, de contextura gruesa y cabello negro corto y enrulado. Abre la puerta y camina hacia el segundo piso, donde está su departamento.

El lugar tiene las murallas de un color amarillento, la puerta de la entrada conduce de inmediato al living. En el, unos cuadros grandes de animales y personas hechos por ella. Todos los muebles son de madera, igual que el piso que cruje cuando uno camina hacía el sillón floreado. Hay una maleta llena de ropa al costado del mueble, debido a que es viernes y ella viaja seguido los fines de semanas a Viña para visitar a sus padres.

Virginia gana la vida haciendo clases particulares de pintura. Sus 12 estudiantes son de clase alta y recurren a ella para entretenerse pintando como un hobby. Varios de ellos se encariñan con la personalidad tan tranquila de Virginia

“Una chica de Las Condes, hace 2 años, me contrató para que yo le haga clases. Ella le encantaba la pintura, pero sabía que esto era sólo un pasatiempo. Ahora está estudiando psicología y todavía nos estamos juntando para tomar algo y conversar de la vida.”, cuenta Virginia. “les tengo un cariño muy especial a todos mis estudiantes”.

Ella le encanta el barrio en que vive, ya que siempre tiene algo que hacer. En las noches puede ir a tomarse algo algún pub y en el día visita el Museo de Bellas Artes. “De repente pesco mi bicicleta y me voy pedaleando hasta el cerro San Cristóbal.”, cuenta señalando su bicicleta.