Virginia Cordero estudió artes en la Universidad de Chile, es de Viña del Mar y hace 20 años llegó a Santiago para alojarse en una pensión universitaria ubicada a pasos del parque Forestal. Su vida está ligada a este barrio, le gusta sus colores y su vida bohemia. Es una mujer de sacrificios y de personalidad tranquila, encaja en el perfil del sector.
Durante los fines de semana, muchas personas acuden al parque Forestal para tomar un poco de sol, comprar algodones o pasear con sus hijos en la zona verde que se extiende de plaza Italia hasta un poco antes del mercado central. Todo esto se ve durante el día, pero cuando cae la noche es distinta. Hay una amplia variedad de pubs, bares y restoranes abren sus puertas para que todo el público que quiera bailar, cantar o tomarse algún licor pueda hacerlo dentro de sus recintos vistosos.
Virginia Cordero conoce el barrio hace 20 años, fue cuando llegó desde Viña a Santiago para poder estudiar Artes en la Universidad de Chile. Encontró alojo en una pensión que ofrecía Carabineros, debido a que era hija de un general llamado Oscar Cordero. Está pensión quedaba a pasos del Forestal y le favorecía mucho, debido a que la facultad de Artes de la U. de Chile está, justamente, en el centro del parque.
Todos los días se levantaba temprano, tomaba desayuno junto con sus compañeros de la pensión, conversaba un poco y luego se iba a la casa de estudio. Durante las noches, era habitual que ella saliera con sus amigos a la gran variedad de pubs que hay en estos alrededores. De hecho, había un bar justo al lado del lugar donde vivían. Virginia cuenta que “era muy tranquilo este lugar, ya que por las noches nosotros nos dábamos una vuelta por el parque y no nos pasaba nada. Pero ahora los tiempos han cambiado”.
Flash back
Virginia nació en 1968 en la ciudad de Viña del Mar, en la V región de Chile. Su padre, Oscar Cordero, pertenecía a Carabineros. Lucía Morales, la madre, era dueña de casa.
Virginia siempre recuerda de su infancia las muchas veces que viajó al Archipiélago de Juan Fernández. La única forma de llegar a esas islas era ir al aeródromo de Tobalaba y contratar un pequeño avión, ya que en aquel lugar es tan pequeño que no hay aeropuertos.
El avión despegaba desde el aeródromo y en unas horas llegaba a las islas. Ahí, hay mucha vegetación, casi no se veía la interversión humana en el sector. La gente se dedicaba a la pesca, pasaban todo el día en las frías aguas del Pacifico recolectando pescados y regresaban al atardecer.
Durante las noches, ellos se acostaban temprano porque no había luz eléctrica y no tenían nada que hacer con toda esa oscuridad. A pesar de ello, Virginia prendía unas velas e invitaba a sus amigos de la isla a jugar y contar las millones de historias que tiene el lugar.
Lo que más la sorprendía era la cultura del lugar. Las mujeres tejían los vestidos y ropajes de sus familias y también se dedicaban a tallar. Hacían lindos utensilios para comer o vestir como aros y anillos.
Virginia en la actualidad
Ya han pasado 20 años desde que ella llegó a Santiago y todavía vive en este barrio. Luego de estar en la pensión, se cambió a la calle Purisima. El sitio donde vive es de una arquitectura de antaño, en un edificio de tres pisos con grandes muros. En la fachada se ve una reja y, en la muralla, hay un panel donde se ven los números de los departamentos. Pero no hay citófono, sólo una perilla para llamar a la casa. Se escucha el sonido de unas llaves y Virginia baja apurada. Ahora es una mujer de 42 años, que se ve como si tuviera 50, de contextura gruesa y cabello negro corto y enrulado. Abre la puerta y camina hacia el segundo piso, donde está su departamento.
El lugar tiene las murallas de un color amarillento, la puerta de la entrada conduce de inmediato al living. En el, unos cuadros grandes de animales y personas hechos por ella. Todos los muebles son de madera, igual que el piso que cruje cuando uno camina hacía el sillón floreado. Hay una maleta llena de ropa al costado del mueble, debido a que es viernes y ella viaja seguido los fines de semanas a Viña para visitar a sus padres.
Virginia gana la vida haciendo clases particulares de pintura. Sus 12 estudiantes son de clase alta y recurren a ella para entretenerse pintando como un hobby. Varios de ellos se encariñan con la personalidad tan tranquila de Virginia
“Una chica de Las Condes, hace 2 años, me contrató para que yo le haga clases. Ella le encantaba la pintura, pero sabía que esto era sólo un pasatiempo. Ahora está estudiando psicología y todavía nos estamos juntando para tomar algo y conversar de la vida.”, cuenta Virginia. “les tengo un cariño muy especial a todos mis estudiantes”.
Ella le encanta el barrio en que vive, ya que siempre tiene algo que hacer. En las noches puede ir a tomarse algo algún pub y en el día visita el Museo de Bellas Artes. “De repente pesco mi bicicleta y me voy pedaleando hasta el cerro San Cristóbal.”, cuenta señalando su bicicleta.
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